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jueves, 22 de septiembre de 2011

Batiburrillo vital

Así es como me he sentido esta noche de sueño matinal más bien tardío. Soñar que te llaman de unas antiguas prácticas para volver a la redacción y que, los que te acompañen en esta nueva aventura sean los becarios de otra práctica anterior me hace experimentar una especie de batiburrillo vital.

Llevo encadenando prácticas algo más de un año. Comencé en junio de 2010 y desde entonces no he parado. Muchas veces pienso ¿y para qué?. Hace algunos años, cuando los jóvenes estudiantes universitarios iniciaban prácticas en empresas lo hacían los últimos años de carrera en vistas de encontrar un puesto fijo, una vez finalizada las prácticas, en esa empresa que te había acogido en tu período de formación. Pero la desazón es tremenda cuando sabes que vas de práctica en práctica únicamente por el placer (que os aseguro, experimento) de aprender la técnica en un nuevo medio de comunicación. No existe esperanza. No existe ilusión. No existe posibilidad de colocación futura.


Lo cierto es que este sueño que hoy me ha acompañado hasta bien entrada la mañana, me ha intensificado esta sensación. Realmente me entristece... no sé si soy una buena periodista, probablemente en 5º de carrera y habiendo metido mi piececito en el mundillo en escasas 3 ocasiones no puedo considerarlo. Pero soy constante, responsable y trabajadora. Y mi mejor virtud: estoy llena de inquietudes.

Pero, ¿en qué marco se encuadran mis inquietudes? ¿Cómo dar rienda suelta a las aspiraciones de una generación perdida como la mía? No existe nada de lo anteriormente mencionado, ni siquiera se vislumbra la luz de cambio.

Y me encuentro a las puertas de comenzar la última fase de esta etapa que comencé hace ya casi 5 años, pero, sueños como el de hoy me incitan al abismo profesional. Y créanme, no será por elección propia.

domingo, 3 de octubre de 2010

El círculo (vicioso) de lo social.

Me siento asocial por culpa de las redes sociales. Sí, así. Asocial con 21 años y más de 300 amigos en Tuenti, o veinte y pico seguidores en twitter. ¿Y porqué? Por desaparecer del marco internauta durante tres semanas. He estado tres semanas de viaje fuera de España y con el mínimo acceso a Internet (una hora escasa y no más de dos o tres veces en semana).

Y así es la vida, desaparezco de Internet y es como si me hubiese tragado la Tierra. Ya no soy etiquetada a penas en fotos, y ya no recibo a menudo comentarios en el tablón, las menciones en Twitter se hacen inexistentes y Fotolog deja de guardarme la contraseña.

¿Y ahora qué puedo hacer? ¿Cuál es el camino a seguir?
Existen dos posibilidades:
Por un lado, podría continuar con mi existencia ermitaña en el gran amparo que ofrece Internet, desterrada y exiliada por la no aceptación social de ésta mi sociedad.
O, por otro lado, podría volver al falso reconocimiento colectivo que te ofrecen las redes sociales (trampas sociales más bien).

En tal caso de seguir con la primera opción, no volvería a recibir la felicitación de más un par de decenas de personas en mi próximo cumpleaños (pese a que la mayoría ni tan siquiera me saluden por la calle). Pero si optara por la segunda, podría volver a participar en todas las conversaciones y estaría 'en la onda', seguiría el 'mismo rollo' que los demás, hablaría 'el mismo idioma'.

Curiosa dicotomía esta, en la que el ser humano se ha convertido en un ser fundamentalmente social por encima de otros muchos aspectos. De hecho siempre el 'rarito' es aquel que no se relaciona. Bien, una vez asumido el importante componente social de la existencia humana podríamos plantearnos que no existimos si la sociedad no tiene constancia de nosotros. Puesto que vivimos en sociedad, todos aquellos que no formen parte de ella, que no se rigen por un patrón socio-cultural, ¿de qué están formados?. Leer un libro, ver una película o escuchar música es cultura y la cultura es sociedad, porque la sociedad genera una determinada cultura. Por lo tanto, ¿qué actividad realizaría una persona que vive al margen de la sociedad? No es acaso fundamental la comunicación entre los seres ya sea de forma directa o indirecta? Ya sabéis, la Escuela de Palo Alto y su "es imposible no comunicar".

Las interacciones sociales, según mi criterio, se producen en ámbitos multidireccionales, e incluso huyendo de la sociedad y de la cultura se actúa bajo una determinada "subcultura" y se crea una "subsociedad".

Por lo tanto, somos seres sociales, y las formulas de intercambio comunicacional se reinventan día a día: hoy se llama Facebook, pero mañana se llamará de otra determinada manera. El truco no está en huir de los canales que nos permiten la difusión en masa de actitudes y opiniones. No, la cuestión es adaptarlas a nuestro propio patrón de conducta. Adaptar tu perfil de Tuenti en tu auténtico perfil, no en el que las redes sociales configuren indirectamente y finalmente determinen tus acciones y actitudes.

¿Debo entonces continuar con el enclaustramiento 2.0?
La respuesta será mi propia conducta, y mi conducta se traducirá en acciones concretas. Al conjunto de todo eso, es a lo que llamo sociedad.


domingo, 24 de enero de 2010

Puro teatro (la cara B)

No me gusta que me interrumpan cuando escribo, ni cuando leo, ni cuando veo una película o una serie... (aunque por extraño que parezca no me inmuto si me interrumpen el sueño). Pero lo que sí que me molesta sobremanera es que ante el clásico aviso de 'desconecten sus teléfonos móviles' al inicio de cualquier espectáculo, siempre haya una persona (sino más...) que hace caso omiso a estas consideraciones.

En el punto álgido de 'Bodas de sangre', con una novia de manos ensangrentadas y una madre de blanco luto, en el mismo momento en el que se vacila entre el perdón, o la mayor de las lástimas, un teléfono suena. Un tono... dos tonos... y poco más allá del tercero la persona despistada (aunque lo suyo no es un despiste, lo suyo tiene delito) decide apagar su móvil. Después de hora y media desde el aviso inicial. Y pregunto: ¿tanto le costaba pulsar un pequeño botón que evitaría las miradas iracundas y la rotura absoluta de la magia del drama?

También no soporto que tras terminar la obra el primer comentario que oiga sea: ¿qué raro que no haya habido un descanso, no?. O que el chico sentado justo delante mía decida abandonar la sala (imagino que sus necesidades tendría) al poco de empezar la obra, para volver y provocar el típico revuelo de 'ay! déjame paso, perdone, uy, jijiji, ya estoy...'.

Al finalizar la obra me quedé callada un buen rato, reflexionando y siendo consciente de lo que había presenciado, de las dudas que aun conservaba y de las cuestiones que más me habían llamado la atención. Lo que comúnmente se llama reflexionar, o particularmente, lo que a mi me hace disfrutar de un espectáculo... No me considero una eminencia, ni ninguna entendedora de estas artes, de hecho mi total desconocimiento de determinados puntos de la trama me hizo sumirme en la mayor de las frustraciones y añadir a mi lista de tareas pendientes: 'Leer más teatro'. Pero trato de tener respeto, y de acudir a actos como éste con la mayor ilusión de aprender y disfrutar, y no de exhibirme. Señoras con sus pieles, desmesuradamente maquilladas para la ocasión y haciendo tributo continuo a las apariencias, como si eso fuese lo único que importara.

Por supuesto tampoco soporto que la cultura tenga precio, pero ese, es ya otro tema.

sábado, 3 de octubre de 2009

El libro de la Selva.

Hoy quiero dejar un artículo que escribí el 16 de diciembre de 2007.

Bienvenidos al 'Libro de la Selva':

Si un día me despertara y descubriera que toda la basura que contenía en aquella caja ha desaparecido, me volvería a dormir. El motivo es claro, pues son muchos los que aún conservamos la capacidad crítica de aquello que es sano y saludable de lo que sólo nos aporta toxinas. Desgraciadamente, cada vez son más aquellos que reconocen la calidad gastronómica en los desperdicios incomestibles.
Vivimos en la era de la información, en esa maravillosa etapa de paso entre los métodos tradicionales y las nuevas tecnologías. Lo lamentable es que perdemos progresivamente la capacidad de análisis según se desarrollan estas innovadoras técnicas.
A grandes rasgos, la recepción de información resulta enriquecedora, pero no cuando esa información nos llega contaminada.
Un buen día algún directivo de alguna cadena o tal vez una mente maravillosa descubrió la gran fórmula de la televisión. Ésta consistía básicamente en abarcar lo máximo al menor coste posible.
Y así lo hicieron, decidieron llenar nuestras pantallas de esa valiosa cultura que nos rodea por completo en nuestros días y que según deseamos, pronto desaparezca.
Los programas de corazón son, vistos desde un punto de vista externo, espacios de “entretenimiento” cuya información, vana e insustancial, nos distrae evadiéndonos de los problemas de la realidad, sumiéndonos en otros considerablemente menos importantes de gente ajena a nuestra vida cotidiana.
El conflicto surge en el momento en el que adaptamos esos problemas como asuntos personales y adoptamos esos contenidos a nuestra vida diaria. Se podría afirmar que “la Pantoja” es de la familia, pues son muchos y muchas los que pasan más horas del día “sabiendo” de su vida que de la de su familia.
Pero aún no está todo perdido. Como mencionaba anteriormente aún quedan supervivientes de esta epidemia de desinformación enmascarada de asuntos importantes. Tal es el caso, que todos aquellos que sienten el más mínimo rechazo o incluso se sienten incapaces de soportar más de 5 minutos consumiendo tal basura, a distancia por supuesto, tienen el poder de cambiar la situación negando su apoyo a la emisión de tales programas. Resulta aún más frustrante cuando aquellos que consideran estos espacios televisivos nocivos los consumen igualmente pues creen que no existe alternativa y por lo tanto es normal y natural perder un tiempo valioso recibiendo información intrascendental.
¿Es realmente ésta la sociedad que deseamos? ¿Acaso no nos está transformando la actitud de cara al comportamiento que adquirimos día a día?
Es cierto que el poder de verosimilitud que se le concede a la televisión es enorme, por lo que tal poder se refleja en los aspectos cotidianos. Deberíamos, pues, cuidar nuestra televisión para así, del mismo modo, cuidar nuestra sociedad.